No pertenezco a la gente que cree en esa línea única y larga de la vida. La biografía parece más bien un ovillo de líneas temblorosas que se cruzan en un dibujo automático. Lo que percibimos como casualidades no son nuestras sino que nosotros somos suyas. Por lo tanto es un privilegio de los garabateados: saber que es mejor que todo lo que llega es distinto a lo que uno imagina.

Nací a finales de los años sesenta en la cuenca del Ruhr, la estepa industrial del país del “milagro económico”. Mis padres crecieron allí cuando caían las bombas como gotas de lluvia. Más tarde jugaron en los escombros de las ciudades. Después de haberlo removido todo, hubo espacio para nosotros, los siguientes.

Pero con las tradiciones de acero y polvo no tuvimos mucho que ver; buscamos nuestras fibras de la vida en los laberintos del desarrollo personal. Así me envolví y desenvolví. Siempre tuve claro lo que no quería. Sin embargo hice mi bachillerato para estudiar casualmente algo cuestionable y honorable. Aprendí que uno no debería llegar a ser lo que ya es. Todo eso no me ayudó a encontrar la salida del laberinto. Al contrario, me embrollé en el amor y me dejé llevar inesperadamente hacia el sur.

En Cataluña me senté al lado del mar y vi como mis hijos flotaban con una sirena en la orilla. Olvidé mi fin y jugué durante años en la playa para dejar borrar las huellas por el viento y las olas. Ahora todavía estoy aquí intentando tocar el horizonte. Qué extraña idea.